Algunos músicos descubren su voz a una edad temprana, pero pocos la siguen con el tipo de curiosidad y disciplina que transforma una chispa adolescente en un viaje creativo de toda una vida. Para este artista, la composición musical comenzó a principios de los años 90 —antes de los instrumentos, antes de la técnica—, con tan solo puras melodías e historias tomando forma en una mente joven. Aprender a tocar la guitarra a los 13 años le abrió las puertas a un mundo sonoro: primero a través del rock y el hard rock, y posteriormente mediante una profunda exploración de tradiciones musicales de todo el mundo —flamenco, jazz, música brasileña, india, africana y más—. Décadas después, esa misma sed de descubrimiento alimenta un catálogo de 27 álbumes —y sumando—; cada uno de ellos moldeado por los viajes, los encuentros culturales y un compromiso inquebrantable con la emoción, la autenticidad y la evolución. Su más reciente lanzamiento, *Musiques de mon monde, vol. 4*, da continuidad a ese viaje con una nueva colección de obras instrumentales originales que reflejan tanto su madurez artística como su curiosidad ilimitada.
—¿Cómo te iniciaste en la música?
Empecé a componer mis primeras canciones siendo adolescente, a principios de los años 90, antes siquiera de tocar ningún instrumento: en aquel entonces, solo inventaba las letras y las melodías. Luego, a los 13 años, comencé a aprender a tocar la guitarra; fue una elección bastante natural, ya que tanto mi padre como mi tío la tocaban. Al principio me inclinaba más hacia el rock y el hard rock, y a partir de ese momento emprendí un viaje de descubrimiento de estilos y culturas musicales: flamenco, jazz, música brasileña, india, africana... Un viaje interminable de aprendizaje de lenguajes musicales que continúa hasta el día de hoy, llevándome a experimentar en diversos proyectos y a nutrir mis propias creaciones.
—Cuéntanos más sobre *Musiques de mon monde, vol. 4*.
Este álbum es el cuarto volumen de una serie que comencé hace 15 años. Incluye 12 piezas instrumentales originales, impulsadas principalmente por la guitarra y de carácter acústico. Utilicé muchas sobregrabaciones (*overdubs*), lo cual me permite crear arreglos empleando diversas texturas y colores. También invité a algunos amigos músicos a participar en varios temas: Régis Ferrante (saxofones), Guillaume Lavallard (trompetas, fliscorno, bombardinos), Eric Gauffre (trombones) y Robin Vassy (batería y percusiones). Dado que soy un artista independiente y no tengo presiones en cuanto a plazos ni estética, me tomo mi tiempo en todos los procesos de grabación y de creación en general: desde la composición hasta los arreglos. Dos principios fundamentales que he mantenido desde el principio son: no grabar si no estoy seguro de que la pieza lo merezca (es decir, dedico mucho tiempo a la composición para asegurarme de tener una base sólida, coherente y capaz de transmitir emoción en su forma más pura; de lo contrario, creo que no tiene sentido construir arreglos sobre ella, pues corre el riesgo de sonar superficial). Asimismo, intento no repetirme, ya que considero que no tiene sentido hacer el mismo álbum una y otra vez cuando existen tantas formas de expresión y, además, porque nosotros mismos evolucionamos como seres humanos.
—Explícanos la portada.
Al igual que en cada volumen de esta serie, *Musiques de mon monde*, la portada presenta un mosaico de fotografías que tomé durante mis últimos viajes, capturando diversos momentos en distintos lugares de todo el mundo. Creo que viajar es mi principal fuente de inspiración, no solo por el descubrimiento de culturas y personas, sino también porque nos lleva a reconectar con nosotros mismos.
—¿Cómo es posible tener 27 álbumes?
Siempre estoy componiendo o pensando en nuevas melodías; también escribo música para diferentes proyectos, espectáculos, conciertos y bandas. Por lo general, acumulo composiciones y, cuando siento que puedo agrupar algunas de ellas y transformar el conjunto en algo coherente, entonces comienzo el proceso de grabación en mi estudio casero. Este fue el caso de este proyecto. En otros casos, es el objetivo final el que guía el proceso creativo: por ejemplo, el álbum «Thébaïde» (2014) fue escrito y grabado específicamente para sesiones de meditación o masaje, con la «obligación» de tener una duración de una hora y un desarrollo progresivo. Otro ejemplo fue mi obra «Kune» (2024), concebida como una sinfonía por la paz y el acercamiento entre culturas. Fue escrita para coro, solistas y orquesta sinfónica. Esta obra combina cerca de 50 idiomas de todo el mundo en torno a temas unificadores (fraternidad, empatía, respeto más allá de las diferencias, ecología...) que se utilizan en fragmentos, distribuidos entre las distintas secciones del coro. El proceso de escritura requirió la participación de alrededor de un centenar de voluntarios, traductores e intermediarios... todo ello al servicio de dicho propósito.
Aunque el resultado pueda parecer una gran cantidad de obras, siempre procuro priorizar la calidad sobre la cantidad; y mientras tenga cosas interesantes que decir y emociones que expresar, seguiré adelante.

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