Chuck Berry: El hombre que inventó el rock and roll
Cuando John Lennon afirmó que al rock and roll se le podría llamar, con la misma propiedad, «Chuck Berry», no estaba exagerando. Pocos artistas han moldeado un género entero con tanta profundidad como lo hizo Chuck Berry. Sin embargo, su travesía —desde ser un niño curioso en St. Louis hasta convertirse en el padre del rock and roll— no fue un camino recto; estuvo marcada por la genialidad, la ambición, la lucha y la redención.
De St. Louis al estrellato
Chuck Berry nació en 1926 en St. Louis, hijo de padres que habían migrado hacia el norte durante la Primera Guerra Mundial en busca de oportunidades. Su madre —una de las pocas mujeres afroamericanas con educación universitaria de la época— era maestra y le inculcó el amor por el arte. Su padre, carpintero y diácono de la iglesia, le transmitió una sólida ética de trabajo y la convicción de que podía lograr cualquier cosa si se esforzaba.
Al crecer en un barrio segregado conocido como «The Ville», junto a sus cinco hermanos, las primeras experiencias musicales de Chuck tuvieron lugar en la iglesia. Comenzó a cantar en el coro a los seis años, un camino habitual para muchos de los pioneros de los inicios del rock and roll. Aunque sus padres, profundamente religiosos, intentaron mantenerlo apegado exclusivamente a los himnos, Chuck poseía una curiosidad innata y siempre deseaba comprender el funcionamiento de las cosas. Como recordaría más tarde: «Cuando era niño, no sabía lo que significaba ser feliz; simplemente sentía curiosidad».
A medida que crecía, Chuck descubrió la música profana y quedó cautivado por artistas como Nat King Cole y Muddy Waters. Cuando interpretó la canción «Confess» en el concurso de talentos de su escuela secundaria en 1941 —cantando blues en un evento donde ese tipo de música se consideraba inapropiada—, recibió una ovación atronadora. Aquella audaz elección despertó algo en su interior: quería dedicarse a actuar.
Un camino lleno de obstáculos
Antes de que Chuck se convirtiera en un icono del rock and roll, la vida le puso por delante algunos obstáculos difíciles. A los 17 años, él y unos amigos intentaron cometer una serie de robos en Kansas City con el fin de financiar un viaje hacia el oeste. La consecuencia fue severa: una condena de diez años de prisión, de los cuales cumplió tres en un reformatorio. Sin embargo, aquella experiencia se convirtió en un punto de inflexión. Chuck salió de allí decidido a enderezar su camino. Se casó con su novia de toda la vida, Themetta Suggs, y se estableció en la vida laboral: trabajos en una planta de ensamblaje de automóviles, carpintería junto a su padre y, finalmente, la escuela de cosmetología. Chuck tenía un impulso casi obsesivo por ganar dinero, pues comprendía que este significaba libertad y seguridad. "Sabía que no podías salir adelante sin dinero", decía. "El dinero era la respuesta para conseguir cualquier cosa que estuvieras buscando". Pero también sabía qué era lo que él buscaba: la fama.
El sonido que lo cambió todo
A principios de la década de 1950, Chuck tocaba en clubes locales de East St. Louis, con un estilo musical aún algo tosco y por pulir. Un encuentro casual con el pianista Johnny Johnson durante una actuación en la víspera de Año Nuevo lo cambió todo. Johnny quedó impresionado e incorporó a Chuck a lo que se convertiría en el Johnny Johnson Trio. Juntos hicieron algo revolucionario para la época: fusionaron la música *hillbilly* y *country* con el *rhythm and blues*, una combinación que ningún artista afroamericano había realizado antes.
En 1955, Chuck tomó la trascendental decisión de dirigirse a Chicago, hogar de sus héroes del *blues*. Allí, se acercó al legendario Muddy Waters tras una actuación y le pidió consejo. La respuesta de Muddy fue sencilla: "Ve a ver a Leonard Chess, en la calle 47". Lo que suena casi demasiado conveniente sucedió en realidad: Chess Records apostó por aquel hombre de familia de 29 años, con su vida ya encauzada.
"Maybellene" y el nacimiento del *rock and roll*
La primera sesión de grabación de Chuck requirió 36 intentos para salir bien, pero el resultado fue mágico. Titulada originalmente "Ida Red", la canción fue rebautizada como "Maybellene" (supuestamente en honor a una caja de rímel que había cerca) y lanzada en 1955. La canción tenía todo lo que el público joven anhelaba: coches, amor y una energía contagiosa. Alcanzó el número uno en las listas de R&B y escaló hasta el quinto puesto en las listas de *pop*, generando un atractivo inmediato y transversal tanto entre el público negro como entre el blanco.
El éxito de la canción trajo consigo una amarga lección. Chuck descubrió que el DJ Alan Freed había sido acreditado como coautor (una práctica de *payola* para asegurar la difusión radiofónica), y que a él no se le había informado al respecto. Cuando vio el cheque de regalías con el nombre de Freed impreso en él, Chuck se dio cuenta de que había sido ingenuo respecto a la industria musical. Se prometió a sí mismo que aquello no volvería a ocurrir.
El genio de Chuck Berry
¿Qué hizo que las canciones de Chuck tuvieran una resonancia tan universal? Él mismo lo explicó: «Todo aquello sobre lo que escribí no trataba sobre mí, sino sobre la gente que me escuchaba». Pensaba con mentalidad comercial, considerando siempre lo que el público deseaba oír; no por cinismo, sino por la genuina convicción de que la labor de un artista consistía en cautivar y complacer a la audiencia.
Esta filosofía impulsó una sucesión de obras maestras: «Roll Over Beethoven», «Sweet Little Sixteen», «Brown-Eyed Handsome Man» y su obra cumbre, «Johnny B. Goode». Escrita durante una gira en Nueva Orleans en 1958, «Johnny B. Goode» se convirtió en la perfecta síntesis del estilo de Chuck. Aunque él la presentó como una pieza autobiográfica —la historia de un chico pobre del Profundo Sur que halló la salvación en una guitarra eléctrica—, la canción se inspiraba, en realidad, en su propia vida en St. Louis. ...acompañado por su socio musical, Johnny Johnson.
El enfoque de Chuck a la hora de componer canciones era distintivo: tomaba prestadas melodías e ideas de artistas que admiraba (T-Bone Walker, Louis Jordan) y les añadía su propio toque de *rock and roll*. Esto no era algo exclusivo de él —era una práctica habitual en aquella época—, pero Chuck lo hacía con una destreza y un instinto comercial inigualables. Es importante destacar que, para Chuck, las letras eran lo primero. Su pasión por la poesía desde la infancia significaba que tenía cosas que decir, y la música se convirtió en el vehículo para expresarlas.
Los turbulentos años sesenta
Justo cuando Chuck alcanzaba la cúspide del éxito, la tragedia se abatió sobre él. En diciembre de 1959, fue arrestado por violar la Ley Mann, un cargo derivado del transporte de una joven de 14 años a través de las fronteras estatales. Chuck alegó que creía que ella tenía 21 años, pero el sistema judicial no coincidió con su versión. Tras varios juicios y apelaciones (la primera condena fue anulada debido a los comentarios racistas del juez), Chuck fue declarado culpable y pasó 20 meses en una prisión federal entre 1961 y 1962.
Cuando fue puesto en libertad, el mundo musical se había transformado. La «Invasión Británica» —un movimiento directamente inspirado por la propia música de Chuck— había arrasado en Estados Unidos. Bandas como los Rolling Stones se habían formado porque sus miembros, como Mick Jagger y Keith Richards, idolatraban a Chuck Berry; sin embargo, el público ya no se mostraba tan receptivo hacia el propio artista. El mundo había seguido su curso y Chuck, según su propia confesión, se negó a seguir las nuevas tendencias. Él quería seguir interpretando la música por la que se le conocía en la década de 1950.
Los últimos años
Durante la década de 1960 y los años posteriores, Chuck luchó por recuperar su magia de antaño. Abandonó Chess Records, publicó álbumes con Mercury y se convirtió, principalmente, en un músico de giras que vivía de su gloria pasada. Curiosamente, su canción humorística y desenfadada «My Ding-a-Ling» se convirtió en su primer y único éxito en alcanzar el número uno: un logro agridulce para el hombre que había creado el *rock and roll*.
Para la década de 1970, las prioridades de Chuck habían cambiado. Invirtió en bienes raíces, abrió restaurantes y clubes, y dedicó menos tiempo a grabar. «A medida que uno envejece, adquiere más responsabilidades», reflexionaba. «Quiero vivir un poco, ¿sabes?, porque el tiempo pasa». Continuó realizando giras a lo largo de las décadas de 1990 y 2000, para finalmente establecerse, en su mayor parte, en su restaurante de St. Louis y en locales de espectáculos de la zona.
En 2017, tras 38 años sin publicar un álbum de estudio, Chuck lanzó *Chuck*. Reflexionaba sobre su legado, frustrado por el hecho de que este se definiera enteramente por su trabajo de la década de 1950. «Quiero hacer algo que sepa que perdurará después de que yo me marche», afirmó. «Quiero crear otro "Johnny B. Goode"». Si bien el álbum no era malo, no logró recapturar esa chispa mágica e irrepetible que caracterizó a su genialidad temprana.
El legado
Chuck Berry falleció en marzo de 2017 a los 90 años de edad, pero su influencia sigue siendo inmensurable. Aunque él mismo nunca se adjudicó el título, su hija lo recordaba como «ese tipo siempre humilde y despreocupado que sus padres criaron para ser». Chuck se veía a sí mismo como «un engranaje dentro de una rueda», junto a otros pioneros como Bo Diddley, Ike Turner y Muddy Waters; no como el único arquitecto del rock and roll, sino como una pieza fundamental del mismo.
Sin embargo, los hechos hablan por sí solos. Sus *riffs* de guitarra, sus letras narrativas, su energía contagiosa y su instinto comercial definieron la esencia misma en la que se convirtió el rock and roll. Todo guitarrista que ha tomado un instrumento inspirado por el rock and roll le debe algo a Chuck Berry. Todo compositor que ha creado una canción narrativa dentro de esa tradición se alza sobre sus hombros.
John Lennon tenía razón: al rock and roll se le podría llamar, con la misma propiedad, Chuck Berry. Aquel niño curioso de St. Louis, a quien le encantaba desmontar las cosas para volver a armarlas, no se limitó a tocar música: la transformó desde sus cimientos. Y, al hacerlo, cambió el mundo.

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