Joe Perry incendia Boston con un regreso al infierno del rock
Una noche de sudor, fanfarronería y rock sin complejos en el Boch Center
Boston no solo acoge leyendas del rock, sino que también las cría. Y el martes por la noche en el Boch Center, el héroe local Joe Perry regresó como un rey conquistador. El público rugió con el amor que solo una ciudad puede brindar a uno de los suyos. Nacido en Lawrence y criado en Hopedale, Perry ha llevado la fanfarronería de Massachusetts por todo el mundo como el ícono de la guitarra de Aerosmith. Esta noche se sintió como su vuelta de la victoria.
Anticipación eléctrica antes de la primera nota
Incluso antes de que se apagaran las luces, el aire vibraba de anticipación. El público, muchos de ellos fans de toda la vida, intercambiaban historias, reían y se dejaban llevar por esa emoción nerviosa que solo se siente cuando se sabe que algo histórico está a punto de suceder. Rostros conocidos llenaron el cartel:
Brad Whitford, con su característico fuego de Aerosmith
Chris Robinson de The Black Crowes, merodeando el escenario con bravuconería de predicador
Robert DeLeo de Stone Temple Pilots, anclando los graves con fuerza
Y entonces, el mismísimo Perry. Perry se convirtió en el centro de atención con un traje de piel de serpiente negra, un sombrero de ala ancha calado y la guitarra colgada como un arma. La sala estalló.
Un repertorio que hizo temblar las paredes
Comenzaron con "Let the Music Do the Talking", y desde el primer riff áspero, quedó claro: no se trataba de un viaje nostálgico. Era rock and roll crudo, sucio y sin complejos.
Los incondicionales fueron recompensados con temas profundos como "My Fist Your Face", "Get It Up" y "Combination". Luego llegó la explosión: "Mama Kin". El público se movió al unísono, gritando cada letra como si fuera una escritura sagrada.
Las sorpresas seguían llegando:
Clásicos de Stone Temple Pilots: “Interstate Love Song” y “Vasoline”.
Básicos de Black Crowes: “Twice As Hard” y “Jealous Again”.
Una mezcla fundida que se deslizó en “Heartbreaker” de Led Zeppelin y casi hizo volar el techo.
Y luego, la artillería pesada: “Last Child”, “Draw the Line”, “Walk This Way” y la eterna “Train Kept a-Rollin’”.
Joe Perry: La guitarra como arma.
Perry no solo tocaba, sino que atacaba. Sin camisa, con el sudor brillando bajo las luces, estrelló su guitarra contra el escenario como si intentara partir la tierra en dos. Fue un caos. Fue peligroso. Fue sexy. Fue una experiencia viva.
En una época donde demasiados conciertos de rock parecen guionizados y asépticos, este era todo lo contrario: primitivo e impredecible. Con Steven Tyler fuera de escena, no hubo cameo ni red de contención. Pero no fue necesario. Perry demostró que su guitarra sola es suficiente para incendiar una ciudad.
Boston recuerda a los suyos
Al final, Boston estaba de rodillas, bautizado en distorsión y sudor. Esto no fue solo un concierto; fue un recordatorio de que las leyendas no son piezas de museo. Siguen sangrando, sudando, seduciendo y destruyendo. Y anoche, Joe Perry le recordó a su ciudad natal por qué siempre será uno de ellos.

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